A todos nos gusta (o nos debería gustar) dar un paseo por la naturaleza. Ya sea campo, un camino al lado del mar o un bosque. Escuchar el mar, o por el contrario escuchar el silencio del bosque, a veces roto por el canto de un pájaro. Nos gusta dar un paseo, pasar el día, comer. Y aquí viene el problema.
Vamos dejando un rastro. No un rastro de miguitas de pan que se van comiendo los pájaros según las vayamos tirando. Vamos dejando un rastro de basura. El envoltorio del chicle que nos comimos (y más adelante el chicle). La lata de Coca Cola que nos bebimos. El papel que envolvía el bocadillo.
Como experiencia personal, he llegado a encontrarme pilas tiradas en medio de un bosque. Al lado de ríos, hasta neveras. Y ya no hablemos de la cantidad de neumáticos. La estamos destruyendo. A nuestro hogar. Estamos destruyendo los mares, cada ecosistema que pisamos.
Estamos matando. Lo que estamos haciendo es un asesinato en masa. Un genocidio. Pero podemos pararlo. No se puede reparar el daño ya causado, pero podemos evitar que vaya a más. Podemos recoger la basura que generamos en vez de tirarla en el suelo, pensando "lo hace todo le mundo, por un poco más no pasa nada". Todos somos un poco culpables. Pero todavía estamos a tiempo.


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